En la cosmovisión mexica, la muerte no representaba el final de la existencia, sino el inicio de un viaje espiritual hacia el Mictlán, el inframundo donde las almas emprendían un proceso de transformación y purificación.
Según la tradición, el camino al Mictlán comprendía nueve niveles, cada uno lleno de pruebas simbólicas que ayudaban al espíritu a desprenderse de lo terrenal. El alma debía cruzar un río guiada por un Xoloitzcuintle, superar montañas que chocaban, caminar entre navajas de obsidiana, resistir fríos eternos y enfrentar vientos, flechas y jaguares que devoraban su corazón, liberando su esencia.
Al llegar al Chicunamictlán, el alma alcanzaba la comprensión total de su existencia y era recibida por los señores del Mictlán, completando así su viaje espiritual y hallando el descanso eterno.